La noche era eterna. Seguía retorciéndome de dolor en el suelo, mientras mi brazo era poseído por aquella viscosa sangre negra. El dolor era cada vez más agudo, más profundo, cada vez más real. Porque, en todos los años que llevábamos en la montaña, nunca habíamos oído nada parecido, nada de esas bestias ensombrecidas. Y, por no haber oído nunca nada de ellas, ahora Amy estaba muerta, tendida a mi lado, con el rostro inexpresivo.
Me debatía en pensar si el dolor emocional era más fuerte que el físico, pero llegó un momento en que ya no podía ni siquiera razonar. Aquella cosa se había apoderado de mi brazo izquierdo, y ahora, me estaba matando desde dentro. El bosque parecía haberse quedado despejado, no había atisbo de ninguna de aquellas cosas alrededor. Quedaban un par de horas para que amaneciese, al menos quería sobrevivir hasta entonces.


